“Reina, reina, Jesús para siempre.”

Sermón por la Fiesta de Cristo Rey.

Noviembre 21, 2021

Te damos nuestra tristeza, desesperación y desesperanza.

Te damos nuestra ira, dolor y rabia.

Le damos nuestros pensamientos, palabras y acciones que son racistas, perjudiciales,  

y discriminatorio,

Te damos nuestra tendencia a menospreciar a los demás y hablar mal de los demás.

Permítanos ver a cada persona por lo que es, un hijo amado de Dios.

Te damos la falta de fe que tenemos en tu misericordia, amor y perdón

hacia nosotros, y por los demás o por tu capacidad de transformar nuestros corazones endurecidos.

Sana nuestras heridas y rompe nuestras dudas.

Jesús, sana nuestras heridas con tu corazón y abre nuestros corazones al amor–con el

amor de tu Sacratísimo Corazón.

Sagrado Corazón de Jesús,

Coro:

Sagrado Corazón de Jesús,

viva llama de amor y de luz;

amigo tierno de Betania,

maestro y modelo de virtud.

Reina, reina, Jesús para siempre;

reina aquí ¡oh amado Redentor!

y derrama tus gracias, divino Jesús;

quiero vivir tan sólo de tu amor.

Coro:

Entronizado serás en todo el orbe,

donde quiera que haya un hogar;

y buscando tu amparo, te busco Jesús;

yo quiero un día contigo reinar.

Coro:

Bendecid nuestra patria querida,

sé el dueño de nuestra nación;

y que en toda la tierra resuene esta voz:

Viva, viva el Sagrado Corazón.

Coro:

Querides hermanas y hermanos, a lo largo de muchos años, hemos escuchado muchos sermones. Viniendo, como lo hacemos, de una tradición que valora ambos la Palabra como el Sacramento, semana tras semana, hemos escuchado la palabra de Dios proclamada, predicada y aplicada.

Pero, si son como yo, dudo que puedan recordar muy pocos de esos sermones. Tenemos una tendencia a recordar los que no nos gustó, no apreciamos, o con los que no éramos de acuerdo. ¡Pero se siente como si todos los buenos sermones de alguna manera corrieran juntos! Sería difícil nombrar más que solo uno o dos.

Sin embargo, cuando recordamos un sermón, a menudo es porque nos tocó de una manera inesperada. Tal vez proporcionó alguna idea en un momento de confusión, o de pérdida, o de luto. Tal vez nos dio esperanza en un tiempo de incertidumbre en el que luchamos por perseverar en la fe. O tal vez nos dio una nueva visión que nos hizo ver las cosas de una manera diferente.

Uno de los sermones más poderosos que recuerdo haber escuchado, me tomó por sorpresa. Una mañana, estaba navegando por el canal, y por casualidad me encontré con una misa dominical televisada de la Arquidiócesis Católica Romana de San Antonio en Texas. Resultó que el predicador era el arzobispo Patricio Flores, y predicaba en la solemnidad de Cristo Rey.

Más tarde, aprendí un poco más sobre el arzobispo Flores. Resulta que fue el primer sacerdote mexicano-estadounidense ser nombrado obispo en este país. También fue cofundador del Centro Cultural Mexicanoamericano. Pero en esa madrugada de domingo, no sabía nada sobre el arzobispo.

Casi desde el momento en que comenzó a hablar, sentí algo muy diferente. Habló de años de experiencia pastoral en lugares y situaciones difíciles. Estaba claro que había sido testigo de mucho dolor, angustia y tristeza. Se había ministrado en lugares y comunidades que muchos habrían considerado peligrosos y para personas que muchos otros habrían descartado como que no valían su preocupación.

Lo sorprendente, sin embargo, fue que, en lugar de ver razones para preocuparse, e incluso desesperarse, el arzobispo Flores fue uno de los oradores más esperanzadores y alentadores que había escuchado en algún tiempo. Esto fue aún más sorprendente porque claramente no era ingenuo. Habló de realidades y situaciones que estaban lejos de ser agradables.

Comenzó hablando de las vidas complejas que experimentan aquellos que viven en la pobreza en los centros de las ciudades descorridas. Describió la violencia, el crimen, los problemas con la pobreza, la adicción y la falta de buena educación, atención médica y oportunidades de empleo. Habló sobre la madre soltera que trabaja en dos trabajos y lucha por mantener a sus hijos. Habló de la abuela anciana temerosa de caminar a la tienda o al consultorio del médico porque le habían robado y herido en el pasado. Habló sobre aquellos que carecían de un lugar para vivir, comida y ropa, o cualquier sensación de seguridad.

Habló sobre las comunidades en conflicto, sobre los prejuicios y el odio racial. Habló de la experiencia de los inmigrantes que lucharon por inclinarse por otro idioma, por encajar en una sociedad que no los quería ni los acogía, y de su deseo de aferrarse a su propio orgullo por su lengua materna, su comida y su música.

Hizo preguntas difíciles: “¿Cuál es la fuente y el origen de estas heridas en nuestra sociedad? ¿De dónde vienen el odio, la violencia y el miedo? ¿Por qué hay injusticia, opresión, explotación y abuso? ¿Hay algo que se pueda hacer con respecto a estos problemas que, tan a menudo, se sienten insuperables?”

El buen arzobispo hizo entonces algo completamente inesperado: dijo: “No somos las primeras personas en encontrar estosproblemas. No somos las primeras personas en hacer estas preguntas. ¡No somos las primeras personas en buscar significado y esperanza!”

Luego parafraseó el cuarto capítulo de la Carta de Santiago. Y su punto era este, todos los problemas que vemos afuera, alrededor de nosotros, tienen su origen en nuestros propios corazones. ¡Es en nuestros propios corazones heridos, endurecidos y divididos que encontramos el camino para comprender el caos y la confusión que encontramos a nuestro alrededor!

La solución, que encontró el arzobispo Flores, no estaba en alguna proclamación teórica de que, si solo permitimos que Cristo fuera nuestro Rey, todo estaría bien. No, Flores habló de la realidad de Jesús como gobernante, no como Rey en un trono lejos y celestial, o incluso como una víctima pasiva en una antigua cruz. No, habló de la esperanza, la sanación y la promesa que se encuentran—aquí y ahora—en el Sagrado Corazón roto, herido y sangriento.

Aquí está la gran paradoja: de ese corazón herido fluye agua y sangre. De esas sangrientas heridas fluyen la vida sacramental de nuestra Iglesia: las aguas del bautismo y la sangre de la nueva y eterna alianza. Este corazón sangrante ofrece sanación, reconciliación, perdón y esperanza. El Sagrado Corazón de Jesús ofrece la posibilidad de sanar las divisiones, el odio y la desconfianza.

En los últimos años me he preguntado si la Comunidad Amada, que es inclusiva, afirmativa, empoderadora, justa y honesta, es realmente posible. Las palabras del arzobispo Flores, así como las del Obispo presidente Curry, me dan la esperanza de que la Comunidad Amada no es solo un sueño, o una esperanza cariñosa.

  • Comenzamos pidiéndole a Jesús que sane nuestros propios corazones heridos y sangrantes.
  • Comenzamos pidiéndole a Jesús que sane a nuestras familias rotas y divididas, a nuestras atribuladas comunidades de fe, a nuestras aldeas, pueblos y ciudades caóticos.
  •  Comenzamos pidiéndole a Jesús que llene nuestros corazones de amor por los pobres, los necesitados, los oprimidos, los marginalizados, los explotados y los abusados.
  •  Comenzamos pidiéndole a Jesús que llene nuestros corazones a rebosar de tal amor que queremos amar, alentar, y ayudar a cada persona que conocemos a conocer el mismo amor transformador.
  • Comenzamos comprometiéndonos a erradicar el malentendido, el miedo, el odio, y el prejuicio.

Si emprendimos estos proyectos por nuestra cuenta, probablemente no lograríamos mucho. Pero, cuando Jesús está en el centro de nuestros propios corazones y de nuestra comunidad, nada resultará imposible.

“Reina, reina, Jesús para siempre;

reina aquí ¡oh amado Redentor!

y derrama tus gracias, divino Jesús;

queremos vivir tan sólo de tu amor.”

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